Si nunca has hecho kickboxing, lo más probable es que te imagines una de estas dos escenas: o una clase “militar” donde sales reventado, o un sitio donde todo el mundo ya sabe y tú estorbas. Ninguna de las dos suele ser la realidad cuando una clase está bien planteada para aprender.
Una clase de kickboxing es, sobre todo, un entrenamiento guiado: aprendes a colocarte, a moverte, a coordinar manos y piernas, y a subir la intensidad de forma progresiva. Y sí: sudas. Pero la sensación principal no es “me han destrozado”, sino “ahora entiendo qué estaba viendo desde fuera”.

Lo primero que notas (antes incluso de golpear)
El primer impacto no es físico, es mental. Entras y piensas: “¿Qué hago con las manos? ¿Dónde miro? ¿Me van a corregir todo?”. En los primeros minutos tu cuerpo está más tenso de lo que crees.
Suele empezar con un calentamiento que no busca agotarte, sino despertarte: movilidad, activar piernas, subir pulsaciones y preparar articulaciones. Aquí pasa algo curioso: empiezas a respirar más fuerte y te das cuenta de que el kickboxing no va solo de fuerza. Va de ritmo.
En ese punto, lo normal es que te sientas algo torpe. No porque seas “malo”, sino porque estás aprendiendo un idioma nuevo: guardia, postura, equilibrio, distancia. Es un aprendizaje de coordinación.
Lo que se hace durante la clase (y por qué tiene sentido)
Después del calentamiento llega el bloque de técnica. Es el momento en que entiendes la diferencia entre “mover el brazo” y “golpear con todo el cuerpo”.
Te enseñan a colocarte, a mantener la guardia, a desplazarte sin cruzar los pies, a girar cadera cuando toca. Al principio, muchas correcciones son pequeñas, pero cambian todo: cómo apoyas el pie, dónde está tu mentón, qué hace tu mano “libre”.
Luego suele venir la parte más entretenida: practicar combinaciones sencillas. Algo como “mano-mano-pierna”, sin prisa, buscando repetir bien. Tu mente está más ocupada en coordinar que en cansarte… y aun así te cansas, porque coordinar consume energía.
En muchos casos hay trabajo con saco o manoplas. Aquí el objetivo no es reventar el saco como si te enfadaras con la vida. El objetivo es precisión, control y progresión. Cuando lo haces bien, sales con sensación de control, no de caos.
Lo que sientes al terminar (y cómo saber si fue una buena primera clase)
Al acabar, es habitual sentir dos cosas a la vez: cansancio y euforia. No porque hayas “ganado” nada, sino porque has hecho algo nuevo y tu cuerpo lo nota.
Una buena primera clase te deja señales claras:
- te vas con la cabeza más tranquila que al entrar,
- entiendes qué estás entrenando y por qué,
- y te quedas con ganas de repetir para hacerlo un poco mejor.
Si sales pensando “no vuelvo jamás”, suele ser por exceso de intensidad o porque nadie te guio bien. El kickboxing engancha cuando sientes que hay progreso, aunque sea pequeño.
Bloque tranquilizador: “me da vergüenza / no estoy en forma / voy a hacerlo fatal”
Esto le pasa a muchísima gente, y casi nadie lo dice en voz alta.
La realidad dentro de una clase es esta: cada persona está a lo suyo, intentando coordinar, respirando, concentrada. Nadie entra para juzgarte. Y quien enseña está acostumbrado a ver nervios: sabe cómo bajarlos y cómo adaptar.
Tu objetivo en el día 1 no es “hacerlo perfecto”. Es aprender una cosa, salir entero y volver. Así empieza todo el mundo.

Semana 1 a 4: cómo progresa alguien que empieza de cero
El primer mes es donde más notas el cambio, no porque te conviertas en experto, sino porque tu cuerpo aprende rápido cuando repites.
Semana 1 suele ser “descubrimiento”: entiendes la estructura, te familiarizas con la guardia y empiezas a soltar rigidez.
Semana 2 es “corrección”: te das cuenta de lo que hacías raro (y empiezas a arreglarlo). Respiras mejor y te colocas mejor.
Semana 3 es “fluidez”: las combinaciones ya no son una pelea mental. Sigues cansándote, pero te sientes más ágil.
Semana 4 es “hábito”: ya no te preguntas si encajas. Vas, entrenas y te vas con esa sensación limpia de haber hecho algo bueno por ti.
Si quieres vivir esa progresión desde el inicio, lo ideal es empezar en un sitio donde la base sea técnica y control. Por eso, si estás buscando un punto de entrada claro, aquí tienes Clases de kickboxing para Todos como referencia de inicio.
Cómo elegir la intensidad dentro de la clase (sin quedarte atrás)
Una cosa que muchos principiantes no entienden hasta que la viven: en kickboxing, la intensidad se regula. No es un botón fijo.
La forma “inteligente” de empezar es hacer menos repeticiones pero bien hechas, o bajar la potencia para mantener postura. Tu progreso se construye con consistencia.
Con el tiempo, no es que “aguantes más porque sí”, es que te mueves mejor, te tensas menos y te cansas menos por hacer lo mismo. Esa es la diferencia entre sufrir y entrenar.Y si estás comparando opciones, busca siempre que el enfoque sea aprendizaje real, no solo sudar por sudar. Si te sirve, revisa estas clases de kickboxing para ver si el encaje es lo que necesitas: progresión, técnica y un inicio que no te eche para atrás